Hace poco estuve con mi sombra por una conocida plaza de Madrid. Sentado allí, junto a una fuente y haciendo compañía a las palomas que deambulaban junto a mi escuché algo que me hizo reflexionar. Estaba un niño (de unos 5 o 6 años) llorando y gritando porque su madre no le habia permitado algo que a él, con muchas ganas, se le antojaba. La mujer, ya desesperada por el espectáculo que se estaba produciendo dijo: "¡que paciencia hay que tener contigo, hijo!". El niño se quedo mirando y ni corto ni perezoso gritó: "Si me lo dejases...¡yo lo quiero!" Y la madre miró fijamente y dijo: "¡Y yo quiero ser feliz!".
En ese momento me pregunté si en algun instante de mi vida yo había sido feliz. Y lo mejor de todo, es que lo recuerdas. La felicidad es tan efímera que ni siquiera en el momento que te está rozando el corazón te das cuenta. Pasa rápido y se esfuma de forma pausada, dejando huella...¡una dulce huella!. La sonrisa me salía sola y parecía haberse callado hasta el mísmisimo silencio. Todo a mi alrededor se habia detenido y me vi junto al miedo de no volverme a encontrar con la felicidad.
Observaba como el niño corría detras de las palomas, haciendo que emprendiesen el vuelo y vi felicidad. Miré como dos novios se besaban y se apretaban las manos, y vi felicidad. La madre de aquel niño sonreia mientras le comia con la mirada, y vi felicidad...
Seguro que en ese momento ni el niño, ni la madre ni la pareja de enamorados pensaban: "soy feliz", pero seguro que cuando aquella noche se acostaron y lo recordaron, sonreirian hasta casi soltar la carcajada, que en estos casos, es señal de felicidad.
Me levanté del banco, me encendí un cigarro, guardé mis manos en los bolsillos y caminé calle abajo. Esa misma noche, yo pensé en todo lo que había pasado...¿cuánto duró?, no lo sé. Lo único que puedo decirles, es que ese día fui feliz.

Y tú, ¿has sido feliz?